El Lenguatero es el nombre de la revista que se publica en el Colegio Público Pablo Iglesias de Soto de Ribera, en Asturias. Allí estuvo trabajando, durante unos cuantos años, mi amiga Rosa Piquín, dedicada a tareas muy variadas: directivas, bibliotecarias y docentes.

Durante el curso 2006-2007 mantuvimos un intercambio de correspondencia escolar con el alumnado de sexto de Primaria del Pablo Iglesias de Soto y el Miguel Servet de Fraga. En el mes de febrero de 2007 viajé hasta Asturias a ofrecer dos sesiones de formación: una sobre biblioteca escolar y otra sobre el uso del blog. Uno de los días de mi estancia, acudí al citado colegio y pude saludar y charlar con los chicos y chicas con los que hacíamos el intercambio, con su tutora (Irene) y con Rosa. Y entre los muchos recuerdos que me traje, me vine con varios ejemplares del número 34 de El Lenguatero (febrero de 2007), en los que se explicaba nuestro intercambio escolar y se publicaban dos textos que Rosa nos había pedido: uno de Mercè y otro mío… Reflexiones y recuerdos personales sobre nuestros inicios lectores. Me apetece que ambos textos aparezcan en esta “Cadiera”, ahora que podemos rescatar algunos escritos y convertirlos también en publicaciones virtuales. En ese viaje, conocí a Jesús Piquín, el padre de Rosa, fallecido recientemente y este texto también sirve para recordarlo.

RECUERDOS DE LECTURA Y DE INFANCIA ¿O ERA AL REVÉS?
Mariano Coronas Cabrero
Cuando pienso en mi infancia y en la lectura, suelo anteponer a cualquier modalidad académica de la misma, la lectura del paisaje, la interpretación del entorno que, como niño de pueblo, fui haciendo; acompañado unas veces por mi padre o por mi madre; otras, en compañía de los amigos; algunas, en soledad… Miradas, texturas, sabores, sonidos, olores quedaron prendidos en mi memoria (casi en mi piel) y me han permitido -a lo largo de la vida- desvelar algunas claves de la misma, interpretar algunos aspectos… Un tiempo después vino el descubrimiento de las palabras escritas, de las palabras leídas, de las palabras pronunciadas… Y de todo ello, me quedan algunos recuerdos lectores que, hoy quiero evocar:
Recuerdo que en mi casa había un diccionario gordo (que aún conservo), lleno de sencillas ilustraciones. Me gustaba pasar las páginas, mirar los dibujos y leer palabras y significados al azar.
Recuerdo ir cogido de la mano de mi padre a comprar la primera cartilla, en la única tienda de mi pueblo.
Recuerdo el empeño de mi padre por enseñarme a leer antes de ir a la escuela.
Recuerdo los álbumes de cromos como los libros más fascinantes, pues antes de completarlos ya podías leer descripciones e historias desconocidas: Visión de Asia; Panorámica de América Latina; Héroes Legendarios… fueron títulos inolvidables.

Recuerdo que los cromos fueron las primeras ilustraciones en color y recuerdo la emoción de la apertura de una nueva tableta de chocolate (para ver qué cromo salía) y recuerdo el olor que desprendía el chocolate.
Recuerdo que en mi casa nos “peleábamos” para ver quién era el primero en coger el ejemplar del TBO que traía mi madre cuando iba de viaje hasta Barbastro (la ciudad más próxima).
Recuerdo los cuentos repetidos que repetidamente le pedíamos a mi abuela.
Recuerdo las faenas colectivas en las noches de otoño e invierno y las conversaciones de los adultos que nos iban explicando la vida, aún sin saberlo ellos ni imaginarlo nosotros.
Recuerdo que en la escuela, el maestro me permitía, de vez en cuando, ayudar a leer a los compañeros que estaban aprendiendo o que lo hacían con dificultad.
Recuerdo que cuando estaba enfermo, pasaba muchos ratos leyendo ejemplares del TBO o de Hazañas Bélicas. Nunca he sabido cómo llegaban estos últimos a mi casa ni quién los compraba.
Recuerdo que el mejor regalo que podían hacerme, el más anhelado, era un libro.
Recuerdo que lo primero que buscaba cuando estrenaba libros era el olor que desprendían sus páginas nuevas.
Recuerdo la primera pequeña estantería que llegó a mi casa en la que pude acomodar mis libros. Era de segunda mano.
Recuerdo que escribía a las embajadas para que me mandaran folletos, mapas y pequeños libros. Aún guardo “Aquí Japón”, uno de esos libritos apaisados que recibí cuando yo tenía 11 años.
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RECUERDOS LECTORES
Mi primer recuerdo lector se remonta a una aldea del pre-Pirineo leridano, a una escuela unitaria de apenas cinco niños/as y a un libro de verde portada y título en letras doradas “LECTURAS DE ORO”. Se trataba de pequeñas historias con algunas ilustraciones en blanco y negro que yo leía una y otra vez.
Más tarde, cuando yo contaba 8 años de edad, llegó la emigración y la llegada a Barcelona. Allí vivíamos en una portería y cada día la quiosquera nos dejaba algunos periódicos (El Correo Catalán, La Vanguardia, El Mundo Deportivo, La Hoja del Lunes, El Noticiero Universal,…) para que los repartiéramos a los vecinos. Una vez a la semana traía las, ahora llamadas, revistas del corazón. Casi todos los días leía los titulares de los periódicos y algo de las revistas mencionadas.
También fue una época en que empecé a leer “libros, libros”. Recuerdo haber leído algunos de las aventuras de los cinco de Enyd Blyton; otros de los Hollister de Jerry West y en concreto recuerdo un título de Charles Dickens, “La pequeña Dorrit”… Estos eran los primeros libros que me regalaban mis tíos o algunos vecinos.

Siempre me viene a la cabeza la frase que decía mi madre cuando me encontraba leyendo “Una altra vegada, llegint!” (¡Otra vez, leyendo!) y es que entonces yo tenía que ayudar en trabajos de la casa y de la portería y mi madre entendía que pasaba demasiado tiempo leyendo ya que lo importante era que hiciese algo de provecho.
En otro momento tuve la suerte de que una amiga de mis padres era socia del Círculo de Lectores y, una vez había leído ella los libros que encargaba, me los pasaba a mi. Leía todo lo que caía en mis manos. Recuerdo uno que se titulaba “Cuerpos y Almas” que solo de verlo asustaba de lo largo que era. Pero en esos libros, unos mejores y otros peores, que me iban pasando, en otros que me dejaban mis compañeras de clase,… yo iba encontrando respuestas a temas y a ideas, que en aquel entonces me preocupaban.
También recuerdo, de mi paso por el Instituto, a una profesora algo atípica por entonces, que nos hizo leer bastante literatura clásica. Creo que fue a los 16 años que me leí “El Quijote” y, además, me gustó. Ahora, cuando se lo cuento a mis hijos, les parece imposible.









